La Energía Solar no es Ciencia Ficción

El 90 por ciento de las viviendas de Israel se encuentran provistas de calentadores de agua que operan con energía solar, y hace un cuarto de siglo que en ese país es obligatorio el uso de tecnologías solares en edificaciones nuevas. En China se encuentran instalados más de 150 millones de metros cuadrados de paneles solares, que producen el equivalente a 10 plantas nucleares. En España, el 15 por ciento de la electricidad utilizada por los hogares proviene de energía solar, y en California, miles de hogares le venden energía a la empresa de distribución local gracias a que cuentan con pequeñas centrales de generación basadas en paneles solares que producen excedentes durante los meses de verano.

Estas estadísticas muestran que, internacionalmente, el uso de tecnologías relacionadas con energía solar representa una práctica común, en donde los riesgos, limitaciones y aplicaciones ideales se encuentran plenamente documentados. Esto es igualmente cierto en países latinoamericanos como Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay, en donde existen beneficios tributarios para promover el uso y desarrollo de tecnologías solares, así como requerimientos que hacen obligatorio el uso de las mismas en algunos tipos de construcciones.

Este no es el caso de Colombia, en donde no hay incentivos reales para el uso de esta energía, no hay normativa que regule el uso de la misma, ni entidades públicas que la promuevan de forma significativa. Más aún, en el país existe cierta predisposición negativa hacia el uso de tecnologías solares dado el limitado conocimiento en estos temas, así como algunos antecedentes poco exitosos, que datan de hace varias décadas y que corresponden a configuraciones que nada tienen que ver con el actual estado del arte.

Esta realidad representa una oportunidad perdida no solo por la gratuidad de la energía que proviene del Sol (la irradiación solar que se recibe en un metro cuadrado en un año equivale a la energía almacenada en un barril de petróleo), sino porque, dada su cercanía a la línea ecuatorial, el territorio colombiano recibe grandes cantidades de la misma.

El caso de Bogotá es, incluso, más interesante si se tiene en cuenta su elevada altura sobre el nivel del mar (a mayor altura es mayor la intensidad de la radiación) y sus relativamente bajas temperaturas, que resultan óptimas para la operación de las celdas fotovoltaicas. Esto significa que la capital del país puede ser una de las ciudades con mayores potenciales para la utilización de energía solar de todo el mundo. Más: eltiempo.com